14 septiembre 2015

La muerte de Kurt Cobain

Viendo cómo acabó el pobre de Kurt Cobain, sería comprensible pensar que su compañero en Nirvana, el entonces batería Dave Grohl, podría ser un chico depresivo y abocado al traje de pino por causas no naturales. 

Pero, desde que Nirvana llegó a su punto y final con la muerte de Cobain, Grohl lleva demostrando -y ayer en el Palacio de los Deportes de Madrid lo volvió a hacer-, que él y su música son dos de los ejemplos más vitalistas y vivarachos del rock contemporáneo.

Ante un público entre nirvanero y rock-de-estadio, los Foo Fighters dieron una lección de cómo hacer divertido un tipo de rock que tiende al mazacote de lo cargado de testosterona que suele estar. Grohl, Nate Mendel (bajo), Chris Shiflett (guitarra), Pat Smear (guitarra) y Taylor Hawkins (batería) no caen ni en la tralla innecesaria ni en el babeo de la balada heavy.

Tal vez sea por eso que dijo una vez el líder del grupo: que cuando quiso aprender música se cogió un libro de partituras de los Beatles y se lo aprendió del tirón. Por eso, en ellos, el meneo de greñas sobre melodías poperas resulta normal.

Entre carreras por el pasillo que prolongaba el escenario por mitad de la pista, gesticulaciones, bromas, llamadas al singalong (canto colectivo), levantamientos de dedo al cielo, meneos de greñas y, sobre todo, alaridos (la seña distintiva de las canciones de Foo Fighters, marcadas por la voz rota de su líder), el hiperactivo Grohl arrancó su actuación.

En unos tiempos en los que la espectacularidad de la puesta en escena tiene que ver con sacar el máximo rendimiento a unos recursos limitados, la parte visual del concierto se basó en el movimiento. Seis minipantallas con equipos de luces que subían, bajaban, giraban y se alineaban para, como hacen los animalillos campestres, impresionar más de lo que sería menester para su tamaño real.

Bridge burning, Rope y The Pretender abrieron el repertorio de la noche, sin apenas tiempo para respirar y con Grohl montando concursos de rugidos entre el público a la mínima de cambio. Luego, vuelta atrás hasta sus primeros tiempos noventeros. Primero con My hero, canción dedicada a Kurt Cobain («Ahí va mi héroe; mírale mientras se marcha») y primera prueba para las gargantas de los fans.

Luego Learn to fly y el citado poso beatle. Y, a partir de ahí, un espectáculo con Grohl en plan showman total: eructos, llamadas continuas al público («sois mi instrumento, como mi guitarra o mi voz, y a veces tengo que tocaros»), bailes estúpidos, risas y demás.

White limo, una coreadísima Breakout, Cold day in the sun' (cantada por el batería), Walk... Y Dear Rosemary, una de las canciones favoritas de Grohl del último álbum de Foo Fighters. Un disco grabado en el garaje del showman. «Me gusta estar en un grupo qur toque rock'n roll sin putos ordenadores y grabe en cinta», proclamó el cantante y guitarrista.

Y en estas llegó Monkey Wrench. Entre amagos de «ahora me voy», el showman descubrió el cogollo de su apuesta: «Queréis que grite, ¿Eh? Pero si grito, no quiero que os quedéis mirándome». Y Grohl (y todos) aullaron.

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