03 abril 2018

La belleza de los cementerios

El blanco de las vírgenes sobre el negro de los ataúdes; las túnicas vaporosas entre las capas de los vampiros. La inocencia violada y el militarismo de los muertos vivientes. Drácula y otros vampiros es una espléndida metáfora de las dictaduras de América Latina, toda una enseñanza de cómo el poder y la muerte van devorando la libertad y la vida.

El conde de Transilvania, si bien se mira, no es aquí otra cosa que un argumento político y un pretexto estético que el grupo Macunaíma aprovecha en todas sus posibilidades de sugerente plasticidad.

Hay mito y religión, hechicería y sacrificio: la belleza de muchachas ingenuas y el expresionismo fúnebre de tumbas y resurrecciones. La inocencia lucha contra la depravación y, finalmente, el mal, como una marea incontenible, se acaba extendiendo por todos los países de la tierra.

Lo que la vieja Europa exporta a América Latina son gérmenes de nazismo que enseguida, en la tierra fértil y la juventud fecunda, se desarrolla y triunfa. Esta podría ser la explicación esencial de Drácula y otros vampiros.


El conde Drácula y su ejército de sombras es, en realidad, un fürher, sus SS y su Gestapo. Desfiles y banderas, uniformes militares y la parodia última de los discursos de Hitler hablan con suficiente elocuencia, por si alguien pudiera tener alguna duda, sobre la naturaleza de este Drácula.

El espectáculo apenas se apoya en la palabra -hay textos de Baudelaire y fragmentos del Apocalipsis-. Es el gesto en libertad, pero administrado con total precisión y sentido; es también el contraste de tonalidades, el dinamismo actoral.

En la descomposición de la muerte fulge una belleza sombría y una amenaza: los cuerpos espléndidos de ese ejército de sombras femeninas, la pureza lustral del club de las vampirómanas...

En un continuo proceso de desdoblamiento, ellos y ellas se multiplican en el escenario. Ora burgueses, ora vampiros o activas vampiras que proveen de sangre joven a su jefe, ora púberes canéforas. El juego de máscaras no es sino una múltiple representación de la muerte y del misterio apenas encubierto.

Magnífico el trabajo de conjunto, lleno de vitalidad interpretativa. En él destaca un Drácula muy poco solemne (Eduardo Córdobhess); una generala (Lulu Pavarin) que, entre muertos vivientes y adolescentes sacrificadas, ha de recurrir a la masturbación para satisfacerse; y un secretario, cómplice y sombrío, que se beneficia de las mujeres succionadas por su necrofílico patrón.

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