10 agosto 2015

El fraude de Milli Vanilli

Los fans comienzan a espabilarse. A raíz del escándalo que sacó a la luz el fraude de Milli Vanilli, descubriendo que el dúo de modelos se limitaba a mover la boca y eran otros los que cantaban, los admiradores del grupo alemán se rebelan y han presentado 22 denuncias, exigiendo que se les devuelva el dinero que se gastaron en los discos del grupo. Los consumidores de pop no se conforman con simples disculpas, ni con que Rob Pílate y Fab Morvan devuelvan el Grammy que ganaron por su disco Two by Two -del que vendieron siete millones de copias-; quieren que sean castigados y que la justicia diga la última palabra. 

Arista, la discográfica americana de Milli Vanilli, intenta calmar a sus adolescentes clientes. Hace unas semanas intentó llegar a un acuerdo amistoso con el fiscal del condado de Cook (Chicago) -que lleva el caso-, al que propuso ofrecer a los fans defraudados descuentos de tres dólares si compraban algún otro disco de Arista. El juez del tribunal superior de Cook rechazó la sugerencia y ha fijado otra audiencia en la que próximamente se decidirá un nuevo arreglo más favorable para los compradores. En el caso de que el juez obligue a la discográfica a devolver la totalidad o parte del importe de los Lps -la tesis más probable-, las leyes de la industria del disco se trastocarían por completo. La decisión del juez Thomas O'Brien influirá en el resultado de los demás pleitos y sentará un precedente que puede hacer temblar a más de una discográfica. De momento, la onda del «acto de contricción» de Arista no parece que vaya a ir más allá de norteamérica. No hemos recibido ningún comunicado oficial en el que se nos diga que debemos devolver el dinero de los discos de Milli Vanilli y casi me atrevería a asegurar que en Europa no se tomará una medida de ese tipo».

El fraude en el mundo del pop, el hecho de que unos pongan la voz y otros la imagen no es en absoluto algo nuevo. El oficio de músico de estudio -el que «apoya» o palia por completo las inseguridades musicales de los artistas que dan cara- es casi tan antiguo como la prostitución. Los nombres más prestigiosos y, sobre todo, vendedores de la historia del rock se han visto alguna vez salpicados por el escándalo del fraude. Desde Bonnie M -que trabajaban con el mismo productor de los Vanilli, hasta los Beatles en discos como Love me do. Uno de los casos más recientes es el del grupo Black Box, denunciado por la cantante Loleatta Holloway, que ponía la voz mientras que la escultural Katrine Quinol movía la boca y contoneaba las caderas. A Loleatta consiguieron taparle la conciencia con un contrato discográfico, el sistema más habitual en estos casos.

Esta estratagema también vino bien para acallar los gritos de los que ponían la voz a Milli Vanilli, que han conseguido vender discos -menos que los «falsos»- bajo el nombre de The Real Milli Vanilli. En norteamérica los clubs de fans y asociaciones de consumidores comienzan a alzarse en favor de la autenticidad musical. Apelan al «daño sentimental» que produce descubrir que los héroes musicales que has admirado durante toda la vida te han estado engañando. Proponen que los artistas que no canten o no toquen todos los instrumentos que se oyen en las grabaciones incluyan una pegatina en el disco advirtiéndolo; evitarán desengaños. Algunos músicos se oponen. «Todos usamos algún truco -comentan- y esas pegatinas quitarían parte del encanto».

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