24 agosto 2015

Zappa se ha unido al enemigo

«Zappa es siempre el mejor productor/editor de sus obras, y todo su material relevante va a ser publicado por él mismo un día de éstos». Las palabras de Alain Dister, autor de la biografía oficial del prolífico guitarrista, no podían ser más premonitorias: once años después de incluirlas en su libro, Zappa ha decidido comprar los derechos editoriales de su propia obra a los mismos editores clandestinos que la habían violado anteriormente al publicar sus grabaciones de forma «pirata». «El objetivo era recuperar lo que me habían robado, rehacerlo y venderlo más barato que ellos. 

La maniobra es lógica y no es él el único mito del rock que ha decidido mantener el control de un mercado ilegal que se escapa de las manos, ya no tan sólo de las compañías discográficas sino también de los propios artistas. Otros músicos de relieve, como Paul McCartney o Prince, también se han empeñado a fondo en esta lucha, afectados por esa misma picaresca característica de los miembros de las mafias de este mercado fraudulento. Está claro que ninguno de ellos está dispuesto a seguir sin recibir un duro de sus propias canciones, comercializadas por otros a sus espaldas. 

Zappa ha optado así por «unirse» a su enemigo dado lo difícil que resultaba derrotarle: este verano se ha puesto a la venta, en su propio sello, una caja de diez volúmenes que contiene lo «pirateado» previamente por los otros. Pero más faraónica es la forma con que Prince ha pensado evitar el hurto «pirata»; él, todo un caballero, no suele tratar con ladrones. Tras la proliferación de copias del famoso Black album -no publicado oficialmente por la Warner, su sello discográfico, por haber renegado él de su resultado artístico-, el genio de Minneapolis decidió invertir las ganancias obtenidas con la venta de la banda sonora de Batman -cuya música él compuso- en reforzar su casa-estudio. Prince ideó de esta forma un sótano bajo Paisley Park, situado entre 12 y 18 metros de profundidad y protegido por un muro de 17 centímetros de espesor, en el que pudiera guardar con celo extremo todo su material inédito. 

De poco le ha valido: más «piratas» con temas inéditos suyos siguen circulando por el mercado. Royal Jewels - A Collection of his Majestic Finest Studio Session, una caja conteniendo tres volúmenes con temas desechados de anteriores sesiones, se empieza a cotizar en el mercado «pirata» hasta el punto de que el propio «Príncipe» se ha planteado editarlo oficialmente.

También McCartney, quien veía cómo tras su última gira mundial no dejaban de aparecer «bootlegs» (nombre adoptado en inglés para los discos «piratas») de sus conciertos, decidió realizar una campaña, en dos pasos, para «burlar» a sus enemigos. Primero editando, no ya un doble álbum oficial de la gira, sino triple: Tripping the live fantastic. Y al poco, Unplugged (desenchufado), álbum sencillo con versiones acústicas de viejos temas suyos, tanto de Beatles como de su carrera posterior. 

El diseño sencillo, casi tosco, de su carpeta, así como la calidad de su sonido -sobre todo en su carácter- le asemejan mucho a la forma con la que los «piratas» suelen sacar sus ediciones. La frase «The official bootleg» («El pirata oficial»), que aparece en su portada bajo el título, despeja toda duda: McCartney ha querido editar «su» propio disco «pirata». Históricamente, la existencia de este mercado en torno a los grandes mitos del rock nunca le había resultado cómoda a las multinacionales discográficas, pero los artistas nunca le habían dado demasiada importancia. Si antes lo permitían, era por deferencia hacia sus fans y por establecer una especie de «leyenda negra» sobre su obra, lo que confería otra personalidad a su carrera.

«Fans» que estuvieran verdaderamente locos por poseer, cual fetiche, todo lo relativo a su grupo favorito podían llegar a pagar precios abusivos por disponer, por ejemplo, de un concierto de homenaje con músicos invitados o de canciones inéditas. Ahora, son los propios músicos los primeros en preocuparse de la magnitud que ha ido cobrando este mercado. Antes, piratear en directo a grupos como Rolling Stones o The Doors resultaba toda una hazaña; el sonido resultante no podía ser, por lo tanto, muy bueno. 

Pero, tras la aparición del «compact disc», los fabricantes ilegales se han organizado hasta el punto de no necesitar ya grabar un concierto «in situ» y a escondidas, con un magnetófono de baja calidad. Hoy en día es muy habitual el soborno a los ejecutivos de las multinacionales, depositarios del material inédito de un grupo, o a los ingenieros y técnicos de un estudio de grabación. Es la forma más común de obligarles a ceder lo más codiciado de cada artista. Existen incluso casos en los que el ingeniero de sonido se ha visto en la necesidad de tener que entregar el «master» (cinta matriz) de un concierto, tras ser amenazado a punta de pistola. La violencia no es ajena tampoco entre los propios mercaderes de este negocio. 

Quien quiera montar su propio sello puede tener un día una desagradable sorpresa si no tiene el «consentimiento» de los ya establecidos. Como en los mejores tiempos de Chicago, alguien aparecerá por su almacén para destruirle la maquinaria, «masters», planchas, vinilos y demás enseres relacionados con esta industria. Una editorial clandestina llegó a encargar la tirada de un «pirata» de Guns'N'Roses al propio fabricante habitual del grupo, alegando que se trataba de un disco del conjunto Weapons and Flowers. La cosa «coló» y nadie se dio cuenta de quién se trataba realmente; menos todavía Geffen Records, su propia compañía. La picaresca mueve montañas. 

Y si no que se lo digan a un editor «pirata» -cuyo nombre no revela ni tan siquiera a sus clientes más regulares- que dio de alta a su empresa discográfica tras «empaparse» de la legislación vigente en todos los países europeos en materia de derechos editoriales. Se dio cuenta que en Luxemburgo los derechos de explotación de una obra intelectual nunca prescriben, lo que quiere decir que tanto él como sus herederos pueden estar durante décadas dándole a la manivela de hacer discos «piratas». Y ahí está su sello, The Swinging Pig, publicando auténticas joyas de Led Zeppelin, Rolling Stones o The Doors, en total impunidad.

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