22 septiembre 2014

Los problemas ambientales terminarán con nosotros

Los problemas ambientales han pasado, a lo largo de los últimos años, a ocupar un lugar privilegiado entre las preocupaciones de los ciudadanos y gobernantes. Si tales preocupaciones se estuvieran plasmando en alternativas reales, todos los que nos venirnos preocupando desde hace años por la mala gestión de nuestro entorno, podríamos regocijarnos de que nuestras protestas y denuncias no habían caído en saco roto.

Desgraciadamente, las cosas no son tan sencillas, y lo que aparentemente es materia de consenso para la mayoría, ricos y pobres, trabajadores y empresarios, derecha e izquierda, a poco que nos detengamos a analizarlo, no va mucho más allá de las medidas cosméticas o de la palabrería más intranscendente, persistiendo en realidad el rumbo inalterado de las principales causas de la crisis ecológica. 

Para los más optimistas, todo esto puede sonar a planteamientos catastrofistas de los que tantas veces se acusa a los ecologistas ya que, si bien persisten problemas ligados al deterioro de ciertos ecosistemas naturales, a la destrucción de la capa de ozono o a los cambios incluidos de clima, también es verdad que las tensiones bélicas tienden a atenuarse o que los grandes problemas de la biosfera tienden a colocarse en lugar destacado de la agenda política de las grandes potencias. ¿No están ahí para demostrarlo las declaraciones de las Naciones Unidas, de las cumbres de los dirigentes de los países más industrializados o de las conferencias como la de La Haya?

En este marco, la crisis ecológicoalimenticia de Africa, accidentes como los de Bhopal o Chernobil, la dramática destrucción de la Amazonia y de los restantes bosques tropicales, si no pueden aún considerarse meros recuerdos del pasado, si pueden analizarse que serán cada vez más probables, ya que las medidas técnicas y políticas en curso evitarán su repetición en la mayoría de los casos. Pues bien, tal versión optimista, no sólo aparece en contradicción con la realidad cotidiana, sino que no encuentra la menor justificación de cara al futuro, ya que se basa en confundir las palabras con los hechos. Y los hechos son, por desgracia, contundentes. 

Tomemos, por ejemplo, el caso de los bosques tropicales. Pese a los acuerdos internacionales para su protección, el ritmo de destrucción prosigue a una media estimada de entre 12 y 20 millones de hectáreas al año. Ello quiere decir que en la década que nos separa hasta la llegada del año 2000, perderíamos cerca del 20% de la superficie aún existente en la actualidad, pudiendo darse por aniquilados -salvo en las pequeñas superficies conservadas en Parques Nacionales y otras reservas- antes de mediados del próximo siglo. 

Las consecuencias para el Planeta serían, cuando menos, la pérdida de más de la mitad de las especies animales y vegetales silvestres actuales, lo cual conllevaría daños incalculables para la agricultura, la medicina y la industria, así como una considerable extensión de las llamadas «catástrofes naturales» en forma de erosión, desertización, riadas o cambios climáticos. 

Si nos detenemos en los restantes «problemas ecológicos globales», la situación no es mejor. Los fenómenos atmosféricos derivados de la contaminación amenazan la salud humana bajo forma de cáncer de piel, por la destrucción de la capa de ozono, la supervivencia de los bosques y cultivos, debido al aumento de las lluvias ácidas, o al deterioro agrícola y alimenticio, a causa del efecto invernadero provocado por el calentamiento de la Tierra que resulta de la excesiva liberación de CO2 en los procesos de combustión. La proliferación de deshechos tóxicos y peligrosos amenaza tierras y mares, con las inevitables consecuencias para la salud y para la producción de alimentos. 

El crecimiento de la población destruye recursos renovables y no renovables a un ritmo incontenible, agravando aún más la situación de pobreza y penuria alimentaria. Frente a todo ello, que no son más que algunos ejemplos relevantes, es fácil comprender que no basta con manifestar preocupación. 

En efecto, la gravedad de la crisis ecológica reside en que no se puede abordar su solución aislando cada problema, sino que es necesario partir de sus efectos combinados. No podemos abordar el problema de la carencia de alimentos sin tener en cuenta la desforestación o la contaminación; no podemos abordar el problema de la contaminación atmosférica sin cuestionar los modelos industriales o el modelo de abastecimiento energético; no podemos abordar el problema de la población sin contemplar los modelos de producción agrícola, la desforestación o los desequilibrios NorteSur.

Todo está unido a todo, como suelen decir los ecólogos. Y ello implica, no sólo analizar cada problema ambiental en relación con los restantes, sino igualmente relacionar los problemas ecológicos con los económicos y sociales. El medio ambiente no es un problema sectorial que hay que tener en cuenta, es el problema que está en la base de los de índole socioeconómica y, por lo tanto, sin integrar la componente ambiental a la hora de tomar decisiones en el campo de la producción y el uso de los recursos o del territorio no hay soluciones viables a medio plazo. Si aceptamos este punto de vista, podemos vernos abocados a la aparente disyuntiva entre desarrollo a corto plazo y sin esperanza de futuro, o conservación del entorno unido a una drástica reducción del bienestar. 

Sin embargo, tales alternativas no son las únicas posibles, a condición de que se cuestione el modelo de desarrollo vigente a partir de la Revolución Industrial, basado en una concepción caduca de la inagotabilidad de los recursos, de la capacidad limitada de la tecnología y de la confianza ciega en la adaptabilidad del entorno a las agresiones y modificaciones que se le impongan. Como muy bien han demostrado organizaciones por encima de toda sospecha, como la Comisión de las Naciones Unidas sobre Desarrollo y Medio Ambiente, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos o el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, es posible cambiar dichos planteamientos. 

Tal alternativa, lejos de ser una utopía, es la única realista, ya que en la situación actual la verdadera utopía consiste en creer que es posible mantener el modelo económico dominante sin tener en cuenta sus límites materiales y ecológicos. El día que los gobernantes y los principales poderes fácticos del Mundo comprendan esto habremos sentado las bases de un futuro esperanzador. Mientras tanto, al margen de declaraciones y reuniones de alto nivel, el camino hacia el abismo seguirá su curso. En nuestras manos está, mediante la protesta, el voto y cualquier otra forma de presión, obligar al necesario cambio de rumbo. Esperemos que esto no llegue demasiado tarde.

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