08 mayo 2015

El mundo sin guerra es un cuento de hadas

La ilusión no ha durado más que una primavera, la que ha seguido a la liberación de los países del Este. La salida de la guerra fría del congelador no ha tenido como resultado un mundo sin guerras, sin conflictos, un cuento de hadas democrático y pacífico, sino que han surgido nuevas amenazas. El conflicto del Golfo es el prototipo de las nuevas crisis internacionales. La caída del Muro de Berlín, hace apenas nueve meses, marcó el fin de una época regida por la confrontación de las dos grandes potencias. Esta se acabó, en cierto modo, por falta de combatientes. La URSS tuvo que renunciar a sus ambiciones planetarias debido a su debilidad económica. Los Estados Unidos se situaron en el primer nivel de la jerarquía de las naciones, y son los únicos que pueden transportar un verdadero ejército al otro extremo del mundo, aunque hagan cofinanciar esta operación a sus aliados. La «Superamérica» ya no tiene los medios necesarios para dirigir el mundo según su única conveniencia.

Este cara a cara nuclear petrificó a lo largo de decenios las relaciones internacionales, favoreciendo el clientelismo y las prácticas de veto. Las guerras que afectasen a uno de los dos gigantes, por dramáticas que fuesen, no se extendían gracias a esta regulación planetaria impuesta por el sistema bipolar, en el que la democracia y la moral no tenían cabida. El fin de la confrontación Este-Oeste liberó a las naciones de las ataduras y del yugo de las alianzas imperativas. 

Los países de Europa del Este se precipitaron por esta brecha, retomando cada uno la posesión de su soberanía y, siguiendo este camino, de su libertad internacional. Sadam Husein también se apoyó en este movimiento centrífugo para desencadenar su golpe kuwaití con, creía él, grandes posibilidades de ganar. Los pueblos y las naciones se sirven de esta libertad de acción reconquistada para lo bueno y para lo malo. Sadam Husein lo ha hecho para lo peor. Irak pertenece al pequeño grupo de las «terceras potencias», esos pequeños gigantes regionales que pretenden reestructurar un trozo del mundo en su provecho. Son países en vías de desarrollo, provistos de alta tecnología, apoyados en importantes reservas de riquezas naturales, que disponen de un sobrearmamento convencional y están en camino de conseguir el arma nuclear. Jamás el riesgo atómico ha sido tan grande como después del fin de la confrontación de las dos superpotencias megatónicas. 

Esta es la paradoja terrorífica de los años venideros: que países como Irak puedan disponer del arma del chantaje absoluto no deja de ser terrorífico, ya que chantajistas y Estados terroristas no dudarán en utilizarla para alcanzar sus objetivos. Sadam Husein, al utilizar armas químicas contra los iraníes y los kurdos, demostró que no se detenía ante consideraciones morales. El presidente iraquí creyó poder aprovecharse de este período de debilitamiento de los dos supergigantes, de cerrazón egoísta sobre sus dificultades económicas y de disolución de los bloques, para llevar a cabo la vieja ambición de los nacionalistas iraquíes: la anexión de los pozos de petróleo, de los bancos y de los puertos de Kuwait. El dictador de Bagdad, tras una sangrienta e interminable guerra que dejó desangrado a su país, a su juventud y a su economía, hipotecada su colosal riqueza, coma tras aquellos royalties de más que le permitieran llegar a fin de mes. Ahora ha querido dictar él la ley en esta región del mundo.

Si la invasión de Irak agitó inmediatamente a los gobiernos y a estratos enteros de la opinión internacional, es porque se reunían todos los ingredientes para una crisis de un nuevo tipo: una antigua reivindicación territorial, un Estado terrorista que no se detiene ante los medios y un arsenal militar muy disuasivo, incluso para el ejército americano. Además, bajo los pies de los actores en este conflicto regional, las más grandes reservas mundiales de petróleo acaban de darle una dimensión explosiva. 

La emoción internacional que provocó la anexión se extendió a la medida de este cocktail: decretando el bloqueo, la comunidad internacional quiso prevenirse contra la proliferación de estos regímenes poderosamente desestabilizadores, cuyo triunfo amenazaría a la mayoría de los Estados, dejados de lado los más grandes. La ONU, liberada del obstáculo del derecho de veto que la paralizaba desde su creación, reaccionó como si estuviese bajo la amenaza de volver a la ley de la jungla, como si el asunto del Golfo fuese a ser el primero de una larga serie. Sadam Husein no es el primer déspota de apetitos brutales. Sus excesos tampoco provocan, de todas formas, conflictos de dimensiones planetarias. 

No es la primera anexión pura y simple de un territorio soberano e independiente: la anexión de Timor por Indonesia no suscitó la menor emoción, a pesar del número de víctimas. Y la de Golán por Israel no movilizó al planeta para que se aplicasen la resoluciones de la ONU. Pero la anexión de Kuwait es la primera desde el fin de la guerra fría, cosa que cambia todo y que corre el peligro de convertirse en un ejemplo detestable. Pero sobre todo es la primera anexión de un gigantesco estrato de petróleo: enloquecer el curso del barril y, por consecuencia, al mundo entero. Este se ha vuelto loco inmediatamente, manifestando así su fragilidad con respecto a esas «terceras potencias»: no se sabe por donde cogerlas debido a su gran poder desestabilizador. El presidente iraquí tenía numerosos objetivos al principio. Salía de una guerra de ocho años que había hecho de su ejército el más poderoso, el más aguerrido, el mejor equipado, y también el más sofisticado del mundo árabe. 

Por vez primera en la época moderna, y para evitar una hecatombe, un ejército árabe podía enorgullecerse dé no haber sido derrotado. Lo debía sobre todo a la gran alianza internacional que se anudó alrededor de la causa irakí antes de que Jomeini derrocase al Sha de Irán. Sadam Husein utilizó después la amenaza del integrismo chiíta, para congraciar a todas las potencias del mundo con su Estado laico, desde los soviéticos a los americanos pasando por franceses, británicos y brasileños... En esta ocasión se desarrollaron camarillas y connivencias, preparadas para inclinarse en el momento oportuno en favor de la inacción y la impotencia. Ahora es justamente esta gran alianza la que se ha vuelto, paso a paso, contra la política de anexión. La irakofilia se derrumbó inmediatamente en todos los países en los que, sin embargo, el régimen de Sadam Husein disponía de serias cabezas de puente institucionales e industriales.

Acostumbrados a las tomas de rehenes y a las purgas sangrientas, a la impotencia militar y a la parálisis política occidental, los dirigentes iraquíes se arriesgaron ante americanos y europeos en el Golfo, una vez concluido el hecho de la anexión de Kuwait. Intentando reestructurar por la fuerza el espacio regional, Sadam Husein desencadenó todos los sistemas de alarma internacionales: provocó un reflejo de miedo que facilitó la intervención americana. Los Estados Unidos tienen tres tipos de preocupaciones: mantener el dominio de una situación que las imprecaiones de Bagdad contra Israel -y la eventual disposición del Estado hebreo a una respuesta «preventiva»- no cesaban de fragilizar; afirmar la seguridad de los pozos de petróleo y evitar que un Sadam Husein pueda hacerse su dueño; lograr la caída del dictador de Bagdad, único modo susceptible de evitar la pesadilla de un chantaje atómico. Los dos primeros objetivos ya están conseguidos: durante numerosos años, la administración americana intentaba obtener de los reinos petrolíferos la autorización para abrir bases militares. Hasta el momento, los saudís, kuwaitís y otros emiratos se habían opuesto por miedo a provocar en sus pueblos levantamientos desastrosos. Gracias a Sadam Husein, los Estados Unidos acaban de transformar la península arábiga en un itsmo de Panamá. 

Con la diferencia de que estas bases americanas estarán a dos pasos de los Lugares Santos del Islam. En suma, los Estados Unidos acaban de ponerse a tiro a sí mismos de una bomba de efecto retardado de la cual corren el peligro de convertirse, con el transcurso del tiempo, en víctimas. Entre dos males, han elegido el menor: las bases americanas repletas de electrónica tendrán capacidad para vigilar el petróleo y neutralizar toda amenaza militar sobre Israel, comprendida la nuclear. Tercer objetivo del cuerpo expedicionario americano: favorecer la caída del régimen de Sadam Husein para prevenirse del eventual uso de la bomba atómica, y para devolver a Kuwait su independencia. Una de las dos cosas: bien que la Casa Blanca considere que puede conseguir este objetivo a medio plazo por una aplicación draconiana del bloqueo. En este caso la intervención es poco probable. Bien que aparezca imposible esta eventualidad y, así, la intervención es probable al menor paso en falso de los iraquíes. 

Evidentemente, es la peor de las soluciones, en la medida en que la victoria americana no es absolutamente cierta, en todo caso humanamente costosa y políticamente desastrosa en el mundo árabe. Los americanos se han metido en el conflicto por partida doble: para frenar la expansión iraquí, proteger los pozos de petróleo y consolidar la seguridad de Israel, de cualquier forma los atributos esenciales de un enfrentamiento NorteSur clásico. 

La movilización internacional, comprendida la de varios países árabes y musulmanes, contra la anexión, y la intervención americana, llevadas a cabo para mantener el petróleo a bajo precio y la seguridad a de Israel a cualquier precio, acompañadas de la apertura de bases gigantescas, no pueden menos que suscitar a lo largo de semanas y meses una reacción terriblemente negativa por parte de los pueblos de la región. A menos que los Estados Unidos, argumentando el esfuerzo que acaban de realizar por Israel, y cuidadosos de evitar la acusación de jugar a dos cartas en la ONU, decidan poner punto final al conflicto israelípalestino. Modificarían el mapa del Medió y Próximo Oriente a su provecho. Esto desgraciadamente es poco probable y la región acumularía entonces una vez más rencores y amarguras con respecto a las potencias occidentales.

Si los Estados Unidos renuncian a una intervención militar y prefieren una presión cotidiana dirigida a hacer caer a Sadam Husein, este podría jactarse de haber disuadido al potente ejército americano de intervenir en Kuwait. En esta crisis, los únicos verdaderos ganadores son finalmente los iraníes. Sin hacer nada, acaban de ganar la guerra con Irak. Renunciando unilateralmente a sus pretensiones territoriales para concentrar sus fuerzas frente al ejército americano, el régimen de Bagdad ha ofrecido de manera imprevista la victoria al enemigo de ayer. Esta victoria será redoblada por los beneficios del contrabando. Los «bazaris» son tradicional y geográficamente los mejor situados para burlar el bloqueo internacional. Un servicio vital para Irak que sabrán cobrarse a un alto precio. A la felicidad de debilitar el dispositivo americano, los mercaderes del bazar añadirán el placer de sangrar finacieramente al enemigo tradicional de Irán. 

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