22 mayo 2015

El parque más bonito de Madrid

Los vecinos de Barajas, apoyados por el PSOE e Izquierda Unida, quieren evitar que el parque de El Capricho se convierta en un coto cerrado, en una especie de jardín privado. Quieren que el parque más romántico y recoleto de Madrid sea para uso y disfrute de todos los madrileños. No hay derecho a que esta obra maravillosa de la jardinería esté restringida al uso y disfrute de los madrileños, como tampoco habría derecho a realizar una apertura indiscriminada, a ponerla en manos de esos vándalos que ya en otros parques de Madrid han dejado su huella salvaje de incivismo. El Capricho es el parque del romanticismo y quizá murió un poco con el romanticismo decadente. 

Fue durante muchos años un jardín fantasma, mágico, inquietante, un poco tenebroso. En él se rodaron muchas películas de época, escenas románticas, secuencias de amor y hasta intrigas políticas. Ver el parque de El Capricho es quedar embelesado por la belleza de sus arabescos en la jardinería, por ese encaje de piedra donde las pérgolas, las columnas, los templetes y las balaustradas forman un armonioso compás aderezado por los viejos chopos, cansados de doscientos años de soledad, huérfanos de amores furtivos, de caricias calientes por entre espumosos vestidos de encaje. 

En El Capricho, cada año la primavera estalla a borbotones por los aguaperos, los almendros y las dalias se descuelga en los racimos de pan y quesillo que derraman las acacias. Es un parque como sacado de un cuento de hadas. Dicen que allí no todo es sinfonía de belleza por casualidad. Cuentan que por las noches las musas del romanticismo se deslizan en carruajes de estrellas y pasean por los caminos del parque iluminados por legiones de luciérnagas enamoradas, tan enamoradas que brillan más que de costumbre. Y cuentan que el alma de los poetas muertos se hace duende y al caer la tarde se emborracha con el crepúsculo, se cuela por las ventanas del viejo palacete y se enamora de princesas que no existen, que en el fondo son estatuas de piedra talladas con tanto amor que tienen vida. 

Y cuenta el duende de El Capricho que por las noches, cuando la ciudad duerme, los estorninos, los mirlos y los verderones guardan silencio para escuchar las notas suaves que emergen del antiguo salón de baile. Y se ven las sombras de ágiles danzarines, se escapan besos y caricias, y alguien se abraza a una pérgola creyéndose enamorado de la piedra. Que no nos quiten la dulzura de pasear este parque, pero que tampoco lo abran indiscriminadamente. Hay que pasearlo en silencio, porque desde el pasado viernes, vive allí la primavera.

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