Dos espontaneos en La Maestranza

Merodeaba en el ruedo un montado y colorado cinqueño del Conde de la Maza, cuando desde el tendido «11» saltó un espontáneo de larga melena con una chaqueta de chándal a la cintura. Desanudada, le pegó milagrosamente al condeso de afiladas dagas un par de chaquetazos. Las cuadrillas anduvieron lentas hasta apresarlo y entregarlo a la Policía. Después, otro espontáneo desde los altos del «8» le echó valor a voces a José Luis Moreno con un miura infumable. Hasta que el funesto funo le levantó al buen torero de Córdoba los pies del suelo. Para la protesta hay otro tiempo que no es cuando un tío se encuentra ante la cara de una prenda de Zahariche de 636 kilos. Y además no se sabía qué coño protestaba el gachó, pretendido e irrespetuoso aficionado. Moreno se levantó dolorido y afortunadamente intacto. Pero, al entrar a matar, el miureño le daría caza de nuevo. Otro milagro. Cuando enterró la espada, como Dios le dio a entender, hubo en la plaza un resoplido de alivio. José Luis Moreno nunca había vuelto la cara. Y saludó una ovación de nuevo. Como antes con el agalgado toro que estrenó la tarde y que hacía sonar el palillo con sus astas de morucho. La estocada de Moreno, una media verónica y una trinchera quedaron como recuerdos. 

Allí, pese a que uno cuente mucho, no pasaba nada. Hasta que salió el quinto y Rafaelillo, sin pensarlo una vez, le soltó unas cuantas lapas con su aquel. Sorpresa. Como cuando los carruseles deportivos gritaban: «¡Gooool en la Condomina!» Pues el murciano con sus verónicas metió un señor gol por toda la escuadra de la fría tarde. Y, como lo intuyó fácil, se puso pronto por la izquierda y a todo le quiso imprimir gusto. A un cambio de mano, a un pase del desprecio, a los naturales que el noble miura iniciaba descolgado y despedía con la cara alta. Pero sin maldad. Rafael Rubio le cogió muy bien el aire. Como tantas veces le ha sucedido, se dejó el trofeo con la espada. Un pinchazo y una estocada corta muy contraria. La muerte se retrasó hasta el aviso, mientras el buen miura caminaba a paso de procesión hasta pasar la puerta de chiqueros. Daría la vuelta al ruedo, el torero, digo. Que el miureño casi también se la pega con la espada dentro. 

Lo que son las cosas: Rafaelillo había matado con tino al anterior de su lote. O sea, la vida al revés. El de Miura se presentó en el albero muy vivo. Con ese nervio de repasar los tendidos con eléctrica mirada. Cuajo de torancanazo. Por encima de los burladeros se asomó. A Rafaelillo lo absorbía en perspectiva cenital. En la muleta se frenó siempre. El matador lo quería lanzar hacia delante. Ni modo. Instinto depredador frente a un torero de valor. 

Serafín Marín ya había dado cuenta del sobrero cinqueño del Conde de la Maza. Un manso de certeros derrotes que le perdonó la vida al descerebrado espontáneo. Al que saltó al ruedo, no al otro. Se metía siempre por dentro en los capotes. Derribó en el caballo con un solo pitón. Y le zurraron la badana de sus montadas hechuras. Las hechuras de lo de Poli Maza ya no se sabe a qué responden. Más peligro tuvo que el sexto de Miura, cárdeno como toda la corrida y de extraña morfología, con los cuartos traseros muy elevados. Hecho en cuesta abajo. Con su punto de importancia y ¿toreabilidad? Que embestía por su cauce, o sea. Pero el último torero de Cataluña lo tocaba muy fuerte en la muleta y lo sacaba del carril. Andan las cosas difíciles para tener que ver a gentes que saben torear, como Moreno o Marín, en las miuradas. Y más que se van a poner.

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